
Ese invierno era distinto de los otros. La misma nieve sobre las copas de los árboles, pero otro frío más intenso adueñándose de la casa y del hombre. Él notaba una emanación aterida difundiéndose en el pecho, pero se esforzaba por ignorar su presencia. Había recibido la muerte de su mujer, Isabel, acaecida al final del verano, con un abatimiento casi inexpresivo, con el gesto resignado de lo que se acepta como irremediable. Inmediatamente después del entierro reanudó su rutina metódica, pero sustituyó por una visita al gimnasio el paseo que daba todas las tardes con Isabel por la alameda cercana al río.
En el trabajo una novedad que le molestaba. Su auxiliar habitual había pedido una excedencia de seis meses por asuntos propios. Asignaron en el puesto a una sustituta cuyo aspecto y carácter le irritaban. Solicitó otro candidato en Recursos Humanos, pero no había ninguno más disponible en ese momento que cumpliera el perfil. La mujer ofendía su sentido de la mesura, de la prudencia, de la digna contención y del buen gusto. La apodó en su interior “la cacatúa” por considerar que adolecía de verborragia pueril y de una jovialidad que, por excesiva, le parecía falsa. Encontraba grotesca su forma de vestir, consistente en amplios jerseys sin forma, faldas hippies hasta media pierna con llamativos estampados, medias de lana de dibujos geométricos o infantiles y colores rutilantes y zapatones de tacón bajo con un prominente lazo presidiendo el empeine, todo en una mezcolanza de tonos inacordes y sin armonía en su apreciación de hombre atildado, sobrio y elegante. Lo que más le horrorizaba, aparte del sobresaliente rabillo que se pintaba en la comisura de los ojos con eye liner y los grandes pasadores con motivos de margaritas con los que se recogía los laterales del cabello desaliñado, eran los abalorios de cuentas y piedras con los que se adornaba profusamente y en los que se intercalaban como elementos colgantes crucifijos, mandalas, amuletos, símbolos esotéricos y religiosos de todo tiempo y cultura en una irreverente promiscuidad. A pesar de ser ateo, escéptico y pro científico, hubiera respetado a un cristiano, un budista o un islámico de corazón, tal era su idea purista de una verdadera y profunda religiosidad, pero despreciaba aquel batiburrillo espurio y exhibicionista, que para él sólo era una manifestación de espiritualidad superficial de mercadillo, una muestra clara y palpable de superstición estúpida, propia de una maruja ignorante y vulgar.

