18 marzo 2011

Paula Rego y Charlotte Brontë, la loca del desván. Mars End y Ferndean

MARS END

Cuando la boda entre Jane y Edward Rochester no puede realizarse, Jane siente que su peregrinaje debe seguir fuera de Thornfield, que no puede quedarse con su amado tal como desearía, a pesar de las súplicas del mismo. Aprisionada en una de las trampas que la sociedad patriarcal proporciona para las Cenicientas desterradas, Jane se da cuenta esta vez, gracias a Bertha, que debe escapar mediante la reflexión y no mediante la locura.

La salida de la luna, que marca muchos acontecimientos de la novela, también señala el momento en que Jane debe partir de Thornfiel. Sin embargo, aunque su fuga puede parecer tan moralmente ambigua como el mensaje de la luna, dado que abandona a aquél que la ama y eso la hace odiosa a sus ojos, es necesaria para su autoconservación y crecimiento.

En esta última litografía de Rego que dispongo, titulada “Night”, vemos a Jane huyendo de Thornfield durante la noche, sólo acompañada de la protectora luz de la luna, la madre arquetípica. Su terrible viaje por los páramos, donde pasa hambre y frío, es un resumen simbólico de los viajes de la pobre niña huérfana que constituyen toda su vida de peregrinaje, y sugiere la falta de nombre y de lugar, de hogar esencial y la posición contingente de las mujeres en una sociedad patriarcal.


No obstante, como Jane posee una fortaleza interior que el peregrinaje pretende desarrollar, acaba llegando al que en cierto sentido es su verdadero hogar, la casa llamada significativamente Mars End (o Casa del Páramo), que va a representar el fin de su marcha hacia la individualidad.

El hecho de que los moradores de la casa, los hermanos Rivers, Diana, Mary y St. Johns, resulten ser al final sus parientes reales, sus primos, no es, en términos psicológicos, la coincidencia forzada que muchos lectores han sugerido, sino la consecuencia de la fuerza que Jane ha obtenido para empezar a descubrir su lugar real en el mundo y una ayuda más, aunque ella ya perdonó a su tía, para liberarse de sus furiosos recuerdos de esa malvada familia adoptiva, los Reeds.

St. John la ayuda a encontrar un trabajo en una escuela y ella, repasando las opciones que ha tenido: o bien irse con Rochester a Marsella y “ser esclava de una felicidad engañosa”, o bien “ser una maestra de escuela, libre y honrada, en un rincón de las montañas del salubre corazón de Inglaterra”, concluye inequívocamente que hizo bien “al escoger los principios de la ley”, tendencia hacia la que toda la novela parece dirigirla.

Sin embargo, su progreso hacia la individualidad aún no ha concluido. Sólo se completará cuando aprenda que “los principios y la ley” en abstracto no siempre coinciden con los principios y las leyes más profundas de su propio ser. Y esta lección la aprenderá de su encuentro con St. John Rivers, aparte de que las primas, Diana y Mary, con sus personalidades independientes, cultas y benévolas, sugieren a Jane el ideal de fortaleza femenina que ella ha estado buscando.

St. John es un hombre religioso, de principios profundos y férreos, clérigo en una parroquia, que desea irse de misionero. Propone a Jane un matrimonio de espiritualidad, no de amor, como una compañera de misión y de realización en el trabajo. Al principio, el ofrecimiento de St. Johns parece una alternativa viable al modo de vida propuesto por Rochester. Porque mientras Rochester, como su tocayo disoluto, acaba pareciendo ofrecer una vida de placer, un camino de rosas (si bien con espinas ocultas) y una unión de pasión, St. John parece proponer una vida de principios, un camino de espinas (sin rosas ocultas).

St. John rechaza abnegadamente la belleza mundana de Rosamund Oliver, una hermosa y rica joven que le ama y por la que él siente pasión, atracción y turbación, por la realización espiritual, por llevar a cabo su misión y sus principios. No es un hipócrita, como Brocklehurst, el director de Lowood, sino que practica lo que predica. Este rechazo resulta desconcertante para la parte apasionada y byroniana de Jane, y se da cuenta de que, si sigue a St. John, sustituirá con un Amo divino al amo que servía en Thonrfield y reemplazará el amor con el trabajo, porque “está hecha para el trabajo, no para el amor”, le dice el clérigo.

Pero ya vimos anteriormente que Jane rechazó las armonías espirituales que le ofrecían sus amigas de Lowood, Helens Burns y la señorita Temple. Esto nos da un indicio de que Jane, aunque el camino de St. John la tiente, no podrá aceptar y se resistirá. Rochester se parece a ella y representa el fuego de su naturaleza, mientras que St. John representa el hielo. Para algunas mujeres el hielo puede ser “suficiente”, pero claramente no para Jane, que ha luchado toda su vida, como una versión cuerda de Bertha, contra el frío polar de una vida sin amor. Su matrimonio con St. John sería aún más desigual que la unión propuesta por Rochester, y reflejaría su exclusión absoluta de la vida de plenitud hacia la que ha dirigido su peregrinaje. St. John es también, como Brocklehurst, un pilar del patriarcado, una columna fría e incómoda, que quiere aprisionar su ser “libre y resuelto” en la “mortaja de hierro” de los principios.

Los acontecimientos facilitan a Jane una escapatoria de esa mortaja, aunque psicológicamente ella ya ha llegado muy lejos en su peregrinaje a la madurez y no le es difícil escapar de los grilletes en los que St. John quiere apresarla. Estos acontecimientos son una herencia que recibe de un tío de Madeira, que le permite ser independiente (ella reparte el dinero con sus primos, su verdadera familia), y la muerte de Bertha, que le deja el camino libre para casarse con Rochester.

El primer presentimiento de la muerte de Bertha le llega a Jane como respuesta a una oración pidiendo ayuda, ya que St. John la está presionando para que tome una decisión. Como en todos los momentos importantes de su vida, el cuarto está bañado por la luz de la luna, como para recordarle que siguen actuando fuerzas poderosas dentro y fuera de ella. Jane suplica al cielo que le muestre el camino y, en ese momento, escucha el grito incorpóreo de Rochester llamándola: “¡Jane, Jane, Jane”. Su respuesta a ese grito es un acto inmediato de autoafirmación: “Me aparté de St. John…Ahora me tocaba a mí dominar. Mis poderes estaban en juego con toda su fuerza”. Este es el clímax de todo lo que ha pasado antes. Su nueva comunicación con Rochester, aparentemente telepática, que muchos críticos han valorado como melodramática sin necesidad, es sólo un ardid argumental, un signo de que la relación que ambos amantes han anhelado es ahora posible y de que el discurso metafórico de Jane en la primera declaración se ha trasladado a la realidad, “como si ambos hubieran pasado por la tumba y estuviéramos ante los pies de Dios, iguales como somos”.


FERNDEAN

El regreso de Jane a Thornfield, su descubrimiento de la muerte de Bertha y de las ruinas que su sueño había predicho, su reunión en Ferndean con Rochester ciego y manco, y su matrimonio posterior forman el epílogo esencial del peregrinaje de Jane hacia la individualidad. En ese momento, Jane ya se ha liberado de forma irrevocable de la carga del pasado, liberado del espectro furioso de Bertha y del espectro autocomplaciente de la huerfanita, despertando a su yo, a sus propias necesidades.

De forma similar, Rochester, el “águila enjaulada” que parecía, se ha liberado de la carga que para él suponía Thornfield, aunque al mismo tiempo parece haberse visto aherrojado por las heridas sufridas al intentar salvar a Bertha, si bien estas heridas no suponen un impedimento para el matrimonio con Jane.

Muchos críticos han considerado que las heridas de Rochester son una castración simbólica, un castigo por su libertinaje anterior y un signo de que Charlotte Brontë (y Jane con ella), temerosa del poder sexual masculino, sólo podía imaginar el matrimonio como una unión con un sansón disminuido. Y hay algo de verdad en esta idea, ya que la furiosa Bertha que había en Jane había deseado castigar a Rochester, destruir su casa, cortarle la mano y sacarle sus subyugantes “ojos de halcón”.

Sin embargo, la meta de Jane no había sido esa, sino sólo fortalecerse ella, convertirse en una igual del mundo que Rochester representa. Y sin duda se da a entender otro importante aspecto simbólico en la reunión de los amantes de Ferndean: cuando ambos estaban completos físicamente, en cierto sentido no podían verse debido a los disfraces sociales –amo/sirvienta, príncipe/cenicienta- que los cegaban. Pero ahora que esos disfraces se han retirado, ahora que son iguales, pueden verse y hablarse incluso más allá del medio de la carne. Rochester, ciego, ve más claro ahora que cuando se casó “ciegamente” con Bertha. Mutilado, es más fuerte que cuando gobernaba Thornfield, porque ahora, como Jane, extrae sus poderes de dentro de sí y no de la desigualdad, el disfraz y el engaño.

Sin embargo, pese al retrato optimista de una relación igualitaria, hay algo decadente en las escenas de Ferndean. La misma casa, situada en las profundidades de un bosque, es vieja y está deteriorada. Rochester ni siquiera la consideraba apropiada para cobijar a la aborrecida Bertha, y su naturaleza de valle de las sombras, la hace parecerse a Lowood, una escuela de la vida donde Rochester debe aprender las lecciones que Jane asimiló de niña.

Como emplazamiento dramático, Ferndean también es asocial y está despojado, así que el aislamiento físico de los amantes sugiere su aislamiento espiritual en un mundo donde los matrimonios igualitarios como el suyo son raros, cuando no imposibles. Las mentes sinceras, parece estar diciendo Charlotte Brontë, deben retirarse a un bosque remoto para sortear las críticas de la sociedad jerárquica. Charlotte no es capaz de imaginar en sus libros soluciones viables al problema de la opresión patriarcal, pero, en una especie de trance, sí pudo representar ese impulso apasionado hacia la libertad que ofendió a los poderes de la época, aunque tampoco supo definir conscientemente el significado pleno de la libertad lograda.

Sin embargo, lo que Brontë no podía definir lógicamente podía encarnarlo en unas imágenes tenues pero sugerentes. La naturaleza de Ferndean está a favor de Jane y Rochester, ya que el lugar, como su nombre indica, carece de artificios, pero está verde y será fertilizado por suaves lluvias. Ahí, en Ferndean, aislados de la sociedad, pero floreciendo en un orden natural creado por ellos, Jane y Rochester se convertirán en “hueso de su hueso y carne de su carne”, y ahí los poderes curativos de la naturaleza acabarán restituyendo la vista a uno de los ojos de Rochester. La naturaleza, libre de las restriciones sociales, obrará no un milagro sino todo lo que pueda.

La meta del peregrinaje de Jane no es, por tanto, la Ciudad Celestial, sino el Paraíso Terrenal. Charlotte Brontë da a entender que la Ciudad Celestial es la meta que sueñan aquellos que aceptan las desigualdades de la tierra, una de las muchas herramientas utilizadas por la sociedad patriarcal para, por ejemplo, mantener a las institutrices en su “lugar”. En este sentido, Jane Eyre es una redefinición “arreligiosa” de la Ciudad Celestial, y el matrimonio de mentes sinceras de Ferndean, el modo verdadero de unión entre ellas. Luego, Charlotte Brontë no se recreó nunca más en una visión tan optimista en ninguno de sus otros libros.

Como no he visto ninguna litografía de Paula que haga referencia al tierno momento en que Jane se sienta sobre las rodillas de Edward y a mí me gusta ese pasaje, he osado representarlo (debería darme vergüenza, jajaja), aunque tampoco he sido fiel al original. En la novela, esa escena ocurre en un banco fuera de la casa. Rochester está ciego, manco y vencido. Pero yo he obviado esas circunstancias y he presentado un cuadro más bien melífluo y romántico.

1 comentarios:

María Antonia Vargas Truyol dijo...

Me encanta como escribe.
Gracias por compartir sus reflexiones.
Enhorabuena